Cristianismo

Lula Da Silva: «Bolsonaro es un fariseo». La puja electoral por los votos evangélicos

El actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ganó las elecciones del 2018 amparado por dos apoyos fundamentales: el sector militar y los evangélicos. Su campaña se había centrado en el lema «Brasil por encima de todo y Dios por encima de todos».

El capitán retirado del ejército se hizo popular a través de sus discursos embebidos de llamamientos a la moral y a la religión, y también inundados de declaraciones que muchos interpretaron  como homófobas, racistas y misóginas. También se lo acusó de justificar la dictadura, la tortura, los abusos de la policía y el armamento libre en la población.

Por aquel entonces, el presidente brasileño había apelado al sector más conservador de la sociedad. Y ahora, cerca de las nuevas elecciones, el mandatario del palacio Planalto vuelve a apelar a la franja conservadora y religiosa de la sociedad con la esperanza de revalidar su presidencia.

En uno de sus discursos de campaña durante el evento evangélico ´Marcha por Jesús´, manifestó: «Esta es una batalla entre el bien y el malpero la historia ha demostrado que el bien prevalece. Estoy aquí porque creo en vosotros y todos creemos en Dios».

El voto de los evangélicos es decisivo nuevamente frente a la cantidad de feligreses que eligen ese culto por afuera del catolicismo en el país más grande de Sur América. En este contexto, el candidato opositor y ex presidente Lula da Silva, es consciente de que es muy complicado para un candidato de izquierda ganar en este segmento de la población. Así y todo, el líder del Partido dos Trabalhadores está dispuesto a pelear por ello.

La semana pasada, en la apertura de su campaña, Lula manifestó que «si alguien estaba poseído por el diablo ese es Bolsonaro». Horas más tarde, el líder de la izquierda brasileña volvió a dirigirse a los creyentes brasileños: «Bolsonaro miente a los evangélicos. Es un fariseo que intenta manipular la fe de las mujeres y hombres evangélicos que van a la Iglesia por su religiosidad. Y miente cada día», escribió en Twitter.

Más adelante volvió a usar las redes sociales para destacar que él es «el candidato del pueblo» y que su objetivo es «tratar a todas las religiones con respeto». «La religión sirve para cuidar de la fe, no para hacer política. Yo hago política respetando la religión y no utilizo el nombre de Dios en vano», escribió.

Sin embargo, el camino de Lula no parece fácil. La última encuesta del instituto Datafolha, que sigue dando la victoria al líder del Partido dos Trabalhadores por 15 puntos en la primera vuelta, destaca el liderazgo del candidato de la extrema derecha entre los evangélicos: 43% de ellos elegirían a Bolsonaro frente al 33% que se decantaría por Lula.

Ante los números, la estrategia de campaña de Lula pasa por adoptar un discurso más moderado en temas que puedan apartar a los evangélicos. Conocido por su apoyo a los derechos de las minorías raciales, de las mujeres y del colectivo LGTB, esta vez, los discursos de Lula están incidiendo poco en esos temas. Y en abril, en una entrevista, el candidato petista defendió el derecho al aborto, pero se posicionó «personalmente» en contra.

«No me da vergüenza decir que, como padre de cinco hijos, estoy en contra del aborto. Pero, como jefe del Estado, este tema debe tratarse como un tema de salud y un derecho de las mujeres» manifestó argumentando que “las mujeres pobres mueren en abortos clandestinos mientras las señoras ricas lo hacen de forma segura en París o Berlín».

Por el contrario, Bolsonaro, ante la legalización del aborto en otros países latinoamericanos, ha prometido no tocar la legislación brasileña y defender «los valores de la familia tradicional». Además, ha ensalzado sus mensajes en contra del aborto, las drogas y la ideología de género y ha azuzado los miedos a «un regreso al comunismo».

El líder ultraderechista ha hecho su camino político amparado en los valores conservadores de los evangélicos y ha hecho gala de sus demostraciones religiosas en público. Además de ser el primer presidente en marcar presencia en las ‘Marchas por Jesús’, el evento destacado de los evangélicos, en mayo de 2016 fue bautizado en el río Jordán por el pastor Everaldo Pereira, dirigente de la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios y presidente del Partido Social Cristão.

Su esposa, Michelle Bolsonaro, es una fervorosa evangélica y, en la noche en que se conoció el resultado de la segunda vuelta de las elecciones de 2018, Bolsonaro salió a la puerta de su casa y antes de dar su discurso ante las cámaras, el predicador y político bautista Magno Malta le tomó la mano y rezó.

Desde ese momento, sus gestos (y favores políticos) hacía los evangélicos se multiplicaron. Los lazos se estrecharon y Bolsonaro dejó claro que, con él al frente del Gobierno, la influencia política y social de los evangélicos crecería.

En 2010, el censo brasileño señalaba que 42 millones de brasileños eran evangélicos, cerca de 22,2% de la población. Sin embargo, una encuesta del instituto Datafolha de 2017, aumentaba esta cifra hasta los 32%. Y, si durante mucho tiempo, los círculos evangélicos de Brasil seguían la norma de que «los creyentes no se involucran en la política», con el pasar de los años, y el aumento de los miembros influyentes, la norma cambió a «el creyente vota por el creyente».

Desde entonces, las tres principales iglesias evangélicas, la Asamblea de Dios (AD), La Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD) y la Iglesia Evangélica Cuadrangular (IEQ por sus siglas en portugués) apoyan de manera informal a «candidatos externos», o promueven a sus propios candidatos para mandatos parlamentarios y cargos ejecutivos en todos los niveles de la organización estatal.

En 2018, la IURD y la AD se decantaron por Bolsonaro. Y el líder ultraderechista, cuyo partido sólo tendría derecho a nueve segundos de tiempo de campaña en televisión, por su escasa representación entonces, logró una entrevista en prime time en TV Record, mientras los demás líderes políticos debatían entre ellos en otra cadena. Cortesía del Obispo Macedo, fundador de la IURD y dueño del segundo mayor grupo de comunicación brasileño.

A cambio, esperaban que Bolsonaro, de ser elegido, instaurara una política consistente con los valores e intereses de sus iglesias. El presidente respondió con aplomo y nombró ministros a dos evangélicos.

En enero de 2019, Damares Alves, conocida pastora evangélica asumió la cartera del recién creado Ministerio de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos con estas palabras: «El Estado es laico, pero esta ministra es terriblemente cristiana. Creo en los designios de Dios y me siento en casa, con los que defienden la familia, la vida y los derechos humanos». Contraria al feminismo y militante antiaborto, provocó la ira de las asociaciones por los derechos de las mujeres al prometer eliminar el «adoctrinamiento de género» y dar prioridad a las políticas públicas «que favorecieran la vida desde la concepción».

En abril del año siguiente, el pastor y abogado André de Almeida Mendonça fue el elegido de Bolsonaro para sustituir al dimisionario Sergio Moro en el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública. Y en 2021, Mendonça dejaría el cargo de ministro para ser nombrado juez del Tribunal Supremo de Brasil, un cargo para el que Bolsonaro había prometido a un magistrado «terriblemente evangélico».

Además, para ministro de Exteriores ya había elegido, en diciembre de 2018, a Ernesto Araújo, que si bien no se trataba de un líder evangélico, era conocido por su fanatismo religioso y su admiración por los postulados de Donald Trump.

Las conexiones con el ala evangélica de la sociedad, fortalecidas a lo largo del mandato del viejo capitán, parecen dejar poco margen de maniobra a Lula entre esos votantes. Sin embargo, la gestión de la pandemia por parte del presidente brasileño le podría pasar factura.

En estos cuatro años, el debate social y político se ha movido de los valores conservadores hacia la economía, el paro y la pérdida de poder adquisitivo de los brasileños, mientras la inflación se dispara. La gestión de la pandemia, en la que más de 680.000 brasileños han muerto, ante la inoperancia de Bolsonaro que calificó el virus de «gripecita» y se negó a confinar a su población, sigue muy presente en la memoria de los brasileños.

El presidente no sólo adoptó una posición negacionista de la pandemia, sino que sembró dudas sobre las vacunas y rechazó incluso recibir dosis del suero fabricado en China para administrarlos a su población dejando a millones de personas desprotegidas ante el virus.

Con muchos brasileños molestos por el aumento de la pobreza y su gestión de la pandemia, por la que incluso puede ser juzgado, su índice de aprobación se ha desplomado al 31%. De esto se benefícia Lula que, según una encuentra, tendría el 64% de los votos de los que no aprueban el Gobierno de Bolsonaro. Quedan dos meses para que los brasileños confirmen las proyecciones en las urnas.

 

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