La Paz del Centurión y el factor humano| Donde el desencuentro de la guerra se convierte en una hermandad

En tiempos donde el mundo vuelve a sentirse amenazado por el fantasma de la guerra con el estallido bélico entre Rusia y Ucrania, en Argentina, se llevó a cabo un encuentro inesperado: Veteranos de Guerra argentinos y británicos se juntaron durante dos días en una especie de retiro espiritual que desbordó de actividades compartidas.

El encuentro fue una iniciativa de la asociación civil llamada La Fe del Centurión con sede en Florencio Varela, de la cual sus máximos referentes son Marcela Hernández y Daniel Doronzoro. Es un grupo de religiosos laicos católicos que tienen un profundo interés por el conflicto de Malvinas en 1982, tanto que si uno se pone a hablar con Daniel sobre la guerra, las horas pueden pasar sin pausa y respiro bajo el entusiasmo que muestra por los detalles y anécdotas más asombrosos sobre las batallas terrestres, marinas y aéreas. Envueltos de esa fascinación por el accionar de los combatientes argentinos, desde hace años trabajan organizando eventos a fin de acompañar las vivencias -mayormente traumáticas-, tanto de quiénes estuvieron en la guerra como de sus afectos más cercanos. El mismo acompañamiento lo hacen con los familiares de aquellos que dejaron su vida defendiendo la Soberanía argentina sobre la austral tierra insular.

De lo imposible a lo posible

La idea de este evento surgió cuando fueron a buscar la imagen de la Virgen de Luján que el Ejército había llevado a Malvinas y que, tras el cese del fuego y la claudicación argentina, los británicos tomaron y llevaron a Inglaterra. Luego de una larga negociación en la que intercedió el Papa Francisco, el 29 de octubre del 2019, la imagen original fue devuelta en Roma para regresar a nuestro país. El grupo argentino conformado también por algunos Veteranos de Guerra y el único sacerdote argentino vivo que participó en la guerra de Malvinas, el Padre Vicente Martinez Torrenz, entregaron además a los británicos que devolvieron la efigie santa, una réplica para que ocupara el lugar en el cual había permanecido la original durante décadas. Allí se sembró la primera semilla del contacto interreligioso entre argentinos y británicos. Justo en el Vaticano y a instancias de la Virgen de Luján, Patrona de la Iglesia Católica argentina.

La causalidad milagrosa

Héctor Tessey, Capitán retirado, que combatió en Malvinas como jefe de la Batería C del Grupo de Artillería 3 en Moody Valley, tuvo una vivencia singular a la que cualquiera llamaría “casualidad”, cuestión de la que él descree y prefiere asumirla como “causalidad”. Al respecto manifestó: “un pequeño contacto que ni siquiera era personal terminó en esto”, refiriéndose así al final de una jornada de dos días (6 y 7 de marzo) donde una gran variedad de actividades, entre religiosas y sociales, convergieron en abrazos, lágrimas, baile, comida, cantos, misas (católicas y anglicanas), sonrisas, regalos y mates entre representantes de dos países enemistados en torno a la soberanía de las Islas del Atlántico Sur.

Y todo comenzó en una pintoresca localidad inglesa llamada Srock-On-Trent cuando al VGM (Veterano de Guerra de Malvinas) Tessey, ahora un académico de renombre, Licenciado en Ciencias de la Educación y Magister en Defensa Nacional entre otras materias que describe su C.V., además de ser “el especialista” en el Informe Rattembach, fue invitado junto a la antropóloga, escritora, malvinera e investigadora del Conicet, Rosana Guber, a un seminario sobre la guerra en la Universidad Keele, al cual también fueron convocados veteranos de guerra británicos. Fue en ese contexto, cuando hicieron una visita al National Memorial Arboretum, al norte de  Birminghan -un memorial enorme en honor a todos los caídos en las guerras británicas-, que un veterano inglés le comenta al capitán retirado argentino, acerca del interés de un integrante de la SAMA82 (la organización que nuclea a los ex combatientes británicos). Le habló de un brigadier llamado Mike Rose que tenía la idea de hacer una misa con la asistencia de veteranos británicos y argentinos en la capilla de Puerto Argentino. Así fue como Héctor le respondió que llevaría la inquietud a Argentina para “motorizar esto” y poner en contacto a las personas interesadas en un evento así. “Mi participación fue facilitar un contacto entre lo que Daniel y Marcela estaban mascullando por acá y no sabían bien a quién contactar o cómo hacerlo. Lo mío fue recoger un piolín suelto, traerlo y tratar de dar la punta acá a los que verdaderamente hicieron todo” expresó Tessey sobre su papel en el evento organizado por de la Fe del Centurión.

Con la idea ya instalada en Argentina, la embajada británica gestionó el contacto del grupo de Florencio Varela con el gobierno isleño. La llegada de la pandemia y cuestiones políticas internas del momento (elecciones), debilitaron toda posibilidad cercana de tal ceremonia. Fue así que, lo que en principio buscó como segunda alternativa un país neutral, ya fuera Francia o Uruguay, finalizó en Argentina debido a las posibilidades económicas de los compatriotas dispuestos a participar de una jornada así. Entonces se tomó la decisión de que fueran los británicos quiénes debían viajar a Buenos Aires. Desde el organismo diplomático inglés estimaron conveniente que el interlocutor para esta iniciativa fuera Geoffrey Cardozo, el militar inglés que fue responsable de los entierros a los soldados argentinos que habían quedado en los campos de batalla. Varias décadas después fue un protagonista esencial en la identificación de aquellos que habían sido enterrados en tumbas sin nombre y bajo el lema “Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Con el acuerdo cerrado de realizarlo aquí, se pensó en hacerlo antes del 2 de abril y el 14 de junio, fechas exponencialmente sensibles para los protagonistas del conflicto bélico. Al poner manos a la obra, Cardozo se dedicó a armar la delegación británica y la agrupación bonaerense, de la argentina.

Finalmente el encuentro se llevó a cabo en la Villa San José de los Hermanos Maristas, en Luján. Sin embargo, todo comenzó temprano en la Catedral Anglicana de Buenos Aires. Siguió un paseo por el Regimiento de Granaderos a Caballo y luego la vuelta a la villa. Allí, el clima de recogimiento en un edificio dedicado a la contemplación y oración rodeado de mucha naturaleza, invitó a los acercamientos que, finalmente, lograron sacar de los participantes las vivencias de sus días durante la Campaña por Malvinas en 1982.

Luego de los emotivos relatos, la noche los esperó con un asado que precedió a una pequeña peña folklórica donde la algarabía abrazó a unos y otros, invitando a los británicos a disfrutar de nuestros bailes y música tradicionales. Esa noche se destacaron el cuartero de sacerdotes británicos Nick Gossell, David Skillen, In Stevenson y Paul Mason que hicieron originales versiones de Let it be y Alellujah así como las coplas del enfermero y Veterano de Malvinas Anastasio Vilca Condorí.

Al día siguiente, algunos de los relatos compartidos en la intimidad del espacio religioso donde estaban alojados, fueron también manifestados durante una formación en el Ex Regimiento 6 de Mercedes, que tuvo especial participación en la guerra (actualmente Instituto de capacitación especializada Cabo Juan Adolfo Romero, Gendarmería Nacional), en un homenaje a los caídos de ambas naciones. Hubo desfile con las dos banderas, se presentó la banda Tambor de Tacuarí del Regimiento de Patricios, ejecutando los himnos de ambos países y el Trío Héroes, que cantó un tema en favor de la paz. Allí, se llevó a cabo una ofrenda floral que dejaron la enfermera Sue Warner, una rubia angelical que atendió a los heridos de ambos bandos en el barco hospital Uganda, el Primer Contramaestre Sharky Ward y el Oficial de Arsenales del RI 25 (quien desembarcó el 2 de abril bajo la comandancia del entonces Teniente 1°, Mohamed Alí Seineldín) el VGM Sergio Schrimer, frente al busto del subalférez Guillermo Nasif del valiente Escuadrón Alacrán que tuvo un protagonismo destacado en la guerra y era oriundo de Mercerdes, dejando su joven vida en las islas. Luego llegó el momento de los abrazos, las fotos y los intercambios de contactos entre unos y otros como si fueran viejos amigos en un reencuentro largamente anhelado.

La vuelta a la Villa en Luján produjo nuevos lazos fraternales enfocados en el factor humano de la post guerra. Una de las actividades consistió en escuchar a la joven historiadora inglesa Helen Parr, sobrina de Dave Parr, un británico que cayó en Wireless Ridge, a quien la muerte de su tío cuando ella tenía 7 años, la impactó tanto que marcó el destino de su vida: “La muerte de mi tío cuatro días antes que terminara la guerra me dejó una impresión muy fuerte” contó. «Crecí viendo los efectos que su deceso tuvo en mis padres, pero especialmente en mi abuela, que perdió a su hijo más chico. Era paracaidista, y se había enrolado con la adrenalina de un joven que se siente inmortal. En la batalla de Goose Green, fue herido en el estómago, creyó que moriría allí, pero cuando los médicos lo vieron, encontraron que el proyectil había atravesado su ropa y quedó en su ombligo. Solo había sido un raspón. Lo evacuaron y unos días después decidió volver con su unidad. Cuando entró en batalla en Wireless Ridge fue muerto por la artillería británica. Para mi familia fue duro saber eso. Fue una como una muerte sin sentido. Pero entendí que no había una razón lógica para que la bomba cayera justo sobre él. Fue solo una casualidad. Y además en la guerra las personas mueren”, relató con una dulce sonrisa que evitaba en todo momento perecer a las lágrimas. Parr escribió un libro llamado “Our boys, the story of a paratrooper” (“Nuestros muchachos, la historia de un paracaidista”), donde expone el número de británicos caídos que fueron llevados a su país desde Malvinas: de los 255 muertos, 174 quedaron en el mar, 14 sepultados en el cementerio militar de San Carlos, 2 permanecen donde cayeron y 64 descansan en Gran Bretaña. Un año más tarde, un cuerpo más fue llevado a Londres. Sobre este tema, la historiadora manifestó que tal repatriación de los cuerpos es algo bastante nuevo para su país, pues antes, Gran Bretaña consideraba que los cuerpos de sus hombres caídos en combate, significaban un pedazo de Inglaterra en un país extranjero.

Luego de actividades donde predominó el orgullo de pertenecer cada uno a su Patria pero también la tristeza de las pérdidas acontecidas en su nombre, la mayoría de los veteranos estuvieron de acuerdo con que durante el fervor del combate, todo lo que un hombre puede pensar es en el hombre de al lado y en sus seres amados, por la noche, hubo una misa casi bilingüe (algunos fragmentos de la celebración eclesiástica fueron hechas en inglés) en la Basílica de Luján. Fue celebrada por el Obispo Castrense, monseñor Santiago Olivera, y su par británico Paul Mason, acompañados de los demás clérigos argentinos y británicos que acompañaron el evento, uno de ellos, Nick Gosnell, hoy sacerdote pero que en 1982 se desempeñó como enfermero en Malvinas. Allí estuvo presente también la embajadora británica Kirsty Hayes, el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Grl de División Juan Martín Paleo y el Jefe del Estado Mayor de la Armada, Almirante Julio H. Guardia.

En la homilía, y en tono con el pedido de “diálogo por la paz” pedido por el Papa Francisco, el obispo expresó: “Al recordar lo que pasó hace 40 años, no nos hace olvidar lo que creemos y esperamos, pero nos hace pensar en los caminos que construyen a futuro un mundo donde el diálogo y el respeto sea lo primero, y el valor que nos rige y marca caminos, y esto supone estar dispuestos hasta la entrega de la propia vida. También en nuestro tiempo, en el mundo y en nuestra propia Patria, tenemos que querer transitar caminos de justicia y de verdad si queremos consolidar una paz duradera”. Siempre en alusión a los mensajes papales que invita a la construcción de vínculos de confianza, expresó: “donde la paz duradera se base en un diálogo intergeneracional para arraigarse en el presente y sanar las heridas del pasado que a veces nos condicionan”.

Y para terminar, se leyó un documento de consenso, que realizaron en una de las actividades planteadas por Marcela Hernández, entre los veteranos de guerra de ambos países y sus seres queridos. La idea de La Fe del Centurión, es que este pequeño documento llegue hasta la ONU.

Lo que dice el manifiesto:

Los veteranos de guerra argentinos y británicos, a partir del lema de nuestro encuentro “la fraternidad es posible”, lo confirmamos al término y expresamos que:

1- Aunque la guerra se definirá cada vez más con tecnología y eso aumentará cada vez más la distancia entre los seres humanos, siempre deberá privilegiarse la persona y el diálogo.

2- En el fragor de la lucha el soldado combate con profesionalismo y amor a su patria, a su unidad, y a sus camaradas. Al terminar los enfrentamientos debe privilegiarse fraternizar entre antiguos enemigos y adversarios. Ese adversario podrá ser tu hermano o tu amigo.

3- Porque conocimos la guerra somos firmes defensores de la vida, de la paz y respetando el diálogo.

Susan Warner, enfermera del buque Uganda que al preguntarle cómo fue atender a hombres enfrentados y lastimados entre sí, ella dijo: “para mí solo eran soldados y muchachos iguales”. Siempre con una sonrisa a flor de piel, resumió el espíritu del evento así: “Fue muy emocionante, nos mostró lo iguales que somos en historias y experiencias, especialmente en las de pérdida y dolor. Pero también en eso de seguir adelante con la vida, formando familia o ejerciendo una profesión. Fueron todos muy cariñosos; ojalá podamos reunirnos más seguido. Esto es paz, es reconciliación. La guerra no ayuda; hay mucho dolor”.

Aunque la emotividad y fraternidad estuvieron siempre presentes, los obstáculos para la realización armoniosa del evento, también mostraron su presencia. Al respecto Marcela, con su carácter organizativo, eficaz y amoroso que la delata docente y catequista, expresó que tiene muy claro que “lo que hacemos muchos no lo entienden, pero debemos comprender que no todos estamos parados en el mismo lugar, porque tenemos diferentes tiempos de elaboración de aquello que perturba y duele. Sé que muchos veteranos no están de acuerdo con esta iniciativa de acercamiento a los ingleses, y eso se respeta. Respetamos la opinión de cada uno y sus sentimientos porque jamás nos podemos poner en sus pies. No importa que nos critiquen, no importa que no compartan. Por sobre todas las cosas siempre los respeto como se merecen”.

Y mientras todo parecía que iba a diluirse en un fracaso pocos días antes del evento, Marcela y su marido vivenciaron algo muy especial en su casa del conurbano sur; una especie de señal que les dio fuerzas para seguir adelante a pesar de los obstáculos que parecían ser cada vez mayores.

A las siete de la mañana, mientras estaban tomando mate entre todos los animales que conforman la casa: perros, gatos y hasta gansos, en el sonido del silencio de esa hora sintieron un ruido extraño, como la caída de un objeto; un golpe seco que venía de la biblioteca. “En un principio nos asustamos y pensamos que eran los gatos, pero enseguida nos dimos cuenta que los animalitos estaban con nosotros. Así que fuimos a la biblioteca y empezamos a mirar. En el medio del piso encontramos el evangelio tirado. Lo sorprendente es que no se puede caer ahí solo. Al mirar la biblioteca estaba el hueco entre los otros libros, como si hubiera sido sacado de allí entre todos los libros comprimidos uno al lado del otro. O sea, si alguien no lo agarra y saca, el libro no sale y vuela hacia el medio del piso. Nos miramos y nos preguntamos ¿quién lo sacó y lo tiró acá? Enseguida pensé que algo nos quería decir. Tomé el evangelio y abrí en cualquier página. Y apareció Filipenses 1, 27-30: ‘Pase lo que pase, compórtense de una manera digna del evangelio de Cristo. De este modo, ya sea que vaya a verlos, o que estando ausente, solo tenga noticias de ustedes, sabré que siguen firmes en un mismo propósito’. Es sobre las luchas por la fe, por lo que uno cree aunque otros no comprendan. Uno lee eso y es exactamente lo que le pasó a la Fe del Centurión: puertas que se cierran, gente que se lava las manos y toda serie de inconvenientes que no vienen al caso describir ahora. Pero nos costó bastante que las puertas se abrieran, que aceptaran, que nos acompañaran. Y bueno, era esto: Cristo nos decía: ‘Así como me rechazaron a mí, los van a rechazar a ustedes’. Era una manera de decir: ‘comparto lo que hacen y la fe con la que lo hacen’. Con mi marido Ricardo lo compartimos con el grupo, y estuvimos de acuerdo en que fue un signo divino”.

                                               Texto: Silvina Batallanez

Foto de Portada: Adrián Sandoval

 

 

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