William Morris, el predicador que ofrecía pan para el cuerpo y el alma

Popular y cariñosamente conocido como “el loco inglés”, William Case Morris, fue un pedagogo, pastor anglicano del ala evangélica, filántropo y fundador e iniciador de escuelas e institutos evangélicos en Argentina. La gran obra por la que es recordado se debió al sufrimiento en carne propia en medio de la pobreza de su infancia así como el contacto con la precariedad y abandono de multitudes de niños en los barrios más postergados de Buenos Aires entre finales del siglo XX y comienzos del XXI.

Nacido en 1864 en Soham, Inglaterra, era hijo de un predicador no afiliado a la Iglesia Anglicana inglesa. Huérfano de madre desde los 4 años, la pobreza que generó la revolución industrial en gran parte de la población trabajadora del Reino Unido, llevó a que en 1872, junto a su padre y hermanos, Morris emigrara a Itapé, Paraguay con un emprendimiento de colonos. Debido a que la empresa que los había contratado se desintegró apenas llegaron, la familia empezó a ir hacia el sur del continente, para instalarse en una zona rural en la provincia de Santa Fe, Argentina en 1873. Allí los agobió la pobreza una vez más. El niño William, que desde muy pequeño mostró interés por la lectura, apenas tenía tiempo para dedicarse a ella ya que debía trabajar como granjero cuidando ganado y luego como empleado doméstico al servicio de un médico adinerado que lo maltrató hasta dejarlo en la calle por un pequeño incidente.

Así, en medio de las migraciones constantes y la casi indigencia, su educación escolar fue deficiente, llegando solo hasta tercer grado. Sin embargo, procuró aprovechar las posibilidades que le ofrecían las bibliotecas donde fue viviendo y leyendo por las noches. En tal contexto se formó autodidácticamente al modo que llaman los ingleses: «a self made man». Más adelante supo decir: «el hombre que resuelve ser humilde tiene el espíritu de un héroe».

Ya adulto y con 22 años de edad, el joven idealista se instaló en la zona del puerto de La Boca, Buenos Aires, donde trabajó como pintor de barcos y empleado en una oficina. Allí contactó con lo que describió como “el peor barrio de Buenos Aires”, pero también ahí comenzó a congregarse en la Iglesia Metodista local. Por entonces La Boca era un conglomerado plagado de conventillos, inmigrantes pobres, desilusionados y de niños que no tenían más perspectiva que la de mayor pobreza, promiscuidad y delincuencia. Este cuadro de terrible indigencia que prometía un futuro de condenados sociales y excluidos, lo movilizó completamente haciendo emerger su vocación cristiana en favor de la infancia olvidada hasta convertirlo en maestro y guía de niños y jóvenes. Con el poco dinero con que contaba en 1888 alquiló un pequeño y destartalado conventillo que se convertiría en un humilde comedor para los niños de la calle. En ese mismo lugar abrió una escuela dominical de la que se ocupaba personalmente costeando de su bolsillo el salario de un joven maestro durante la semana y encargándose él mismo de la instrucción religiosa los días domingos. Los niños recibirían lo que él llamaba “pan para el cuerpo y el alma”.
En 1889 fue aceptado como predicador local por la Iglesia Metodista de La Boca, con lo que la actividad del joven misionero laico ganó mayor autoridad en el barrio. Ese mismo año se casó con una joven británica, Cecilia Kate O´Higgins, quien había llegado al país con el pastor Stockton. Cecilia compartía con William Morris el destino de haber quedado huérfana de madre a los pocos años de vida. Al poco tiempo de casarse, tuvieron un hijo que falleció antes de cumplir el año de vida. Esta trágica experiencia parece haber impulsado al matrimonio a consagrarse por completo al servicio de miles de niños. Su obra fue encuadrada rápidamente dentro del marco de la Iglesia Metodista, de la cual Morris era predicador y miembro: éste es el origen de la Misión Metodista de la Boca y el principio de su vida como filántropo.

Obra

A lo largo de su vida, Morris administró 32 instituciones alcanzando a 250 mil niños y se estima que se suman más de 50 mil niños en registros extraoficiales. Entre 1895 y 1897 Morris viajó a Inglaterra con el objetivo de obtener fondos para la misión. Durante ese viaje entabló contacto con la South American Missionary Society, una sociedad misionera anglicana que se ofreció a solventar parte de los gastos de una misión educativa, y de la cual se convirtió en agente. A su vuelta a la Argentina, el religioso argentino inglés abandonó la Iglesia Metodista y fue ordenado presbítero de la Iglesia Anglicana por su primer obispo para América del Sur, Waite Stirling.

El 27 de junio de 1899 fundó en el barrio de Palermo, en la zona que era conocida por el nombre de «Tierra del Fuego», a causa de su lejanía de lo entonces considerado civilizado, la capilla anglicana de San Pablo (actualmente llamada Iglesia San Pablo de la Unión de las Asambleas de Dios, ubicada en Charcas 4670), y comenzó una labor misionera constante, que incluyó visitas al cercano penal de Palermo para predicar a los presos, grupos de colaboradores que visitaban las casas de los vecinos más necesitados, distribución gratuita de Biblias, además de grupos de oración y de discusión de temas religiosos. En 1898 alquiló una casa en la esquina de Uriarte y Güemes e inició la primera de las Escuelas Evangélicas Argentinas, con un grupo de niños a los que encontró vagando por el barrio.

En 1899, el número de educandos se multiplicó siendo más de cien los alumnos. Además abrió una escuela para mujeres, y más tarde otra en Maldonado (sector del barrio de Palermo cruzando el arroyo Maldonado, que fuera parte del cuartel 3° -rural- del partido de Belgrano, hoy popularmente conocido como Palermo Hollywood.)
En 1904, las «Escuelas Evangélicas Argentinas», tenían una inscripción de 2.700 alumnos. Ya empleaban a egresados y se repartían libros, ropa y calzado, y asistencia médica.

En 1904 eran tres escuelas de varones, dos de niñas, una infantil y un jardín de infantes de ambos sexos, un instituto de telegrafía y de escritura mecánica, un instituto de corte y confección y labores domésticas, un instituto industrial y de artes y oficios, y dos escuelas nocturnas. Los inscriptos eran 3.096.

En 1913 los beneficios de la obra llegaban a más de 5.000 niños. El 29 de mayo de 1925 fundó el «Hogar El Alba» para niños huérfanos y desamparados. En 1932 (plena «Década Infame»), el subsidio descendió y los gastos crecieron. Su salud declinó y durante un viaje a su pueblo natal en Inglaterra, ese mismo año, falleció.

Su lema fue: «Pasaré por este mundo una sola vez. Si hay alguna palabra bondadosa que yo pueda pronunciar, alguna noble acción que yo pueda efectuar, diga yo esa palabra, haga yo esa acción AHORA, pues no pasaré más por aquí…». Las leyendas puesta en su lápida declaman: «Fue una de esas vidas que dulcemente obligan a creer en Dios». La otra dice: «La senda de los justos es como la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto».

En septiembre se lo homenajea especialmente por cumplirse 90 años de su paso a la inmortalidad. Así fue que el 15 de este mes, el Consejo de Educación Cristiana Evangélica (CECE) lo recordó en el cementerio británico del barrio de Chacarita en un acto en el que participaron Daniel Ochoa, presidente y Rafael Saenz, vicepresidente. Asimismo lo hicieron: Constanza Ortiz, Directora Gral de Educación de Gestión Privada de CABA; Karina Cittadino, directora del Hogar El Alba; la Lic Padula, Directora Nacional de Educación de Gestión Privada del Ministerio de Educación de la Nación; el pastor Dr. Christian Hooft, presidente de ACIERA, la Prof. Jorgelina Czumadewsky, miembro del Consejo Directivo Nacional de ACIERA entre otras autoridades y miembros del cuerpo docente evangélico.

Al respecto, expresó el pastor Hooft: “Saludamos y felicitamos a todos los colegios evangélicos en su día. Somos herederos del compromiso con la educación y la difusión de la Palabra de Dios que tuvo William Morris. Honramos su visión y destacada misión, y bendecimos a las generaciones que le siguieron, que le siguen y a las que vendrán. En ACIERA mantenemos un férreo compromiso con la educación de los niños, en la formación académica como teológica”.

Durante el acto se llevó a cabo también un reconocimiento a Benito Bongarrá, presidente de la Fundación Educacional Comunitaria Evangélica Argentina (ECEA), por el trabajo con Alfalit programa de alfabetización, y su compromiso con la educación integral en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.